lunes, 23 de noviembre de 2015

La soledad y otros ingredientes

La soledad a veces tiene el mejor de los sabores, regala paz y de forma casi incompresible es generadora de una comodidad aterradora.
Pero, de un momento a otro ya no quieres la paz, ni el buen sabor y menos una comodidad tan maquillada. De pronto, comienzas a buscar el rostro de alguien que no conoces entre las personas que se movilizan en el tren que abordas, también te das cuenta que no es el lugar donde te tomas un café o la esquina donde te fumas un cigarrillo lo que ameniza el momento; comprendes, que camas frías solo llevan a besos amargos, llenos de nada y listos para ser perfumados y olvidados. Inesperadamente afirmas, que cualquiera puede penetrarte la vagina pero solo uno podrá colarse entre tus caos y penetrarte el alma.
Entonces en la sencillez de una noche común, descubres que la felicidad no tiene clave sino tu nombre y el de algún cómplice desconocido, descifras que la soledad no es eterna y que sí lo es no la quieres, porqué cansa y tiene silencios que aturden y que con ella caminando a tu lado el cielo no es azul sino gris y las calles que tanto te agradan dejan de tener olor a vida. Porqué ella hurta los colores, los olores y congela el sentir de quién está en su absurda compañía.